domingo, 17 de abril de 2016

Historia en un bar.

Nunca sé por dónde empezar a contar una historia. Pero como no quiero aburrirlos, voy a tratar de ser breve y de concentrarme en lo que para mí, es lo principal.
Una vez, estaba caminando por las calles de Quilmes cuando pasé por un bar y decidí entrar a tomar un café. Me acerqué a la barra para pedirlo, y la reconocí al instante.
Íbamos juntos a la secundaria.
María Emilia trabajaba haciendo cafés en el bar De La Cruz, le quedaba cómodo, lo tenía a tres cuadras de la casa, y, además, las mañanas no solían ser muy movidas.
Un día tranquilo, pensé. El lugar estaba completamente vacío, vino un viejo a pedir indicaciones. Necesitaba saber dónde quedaba el hospital de Quilmes, tenía a su mujer internada, y para colmo, el colectivo lo había dejado mal parado.
Charla va, charla viene, le preguntó si ella era de ahí, porque él era de una familia muy vieja de la ciudad. Ella le dijo que el apellido de su abuela era Caminos, que siempre vivió en el mismo lugar. El viejo pareció descomponerse. Necesitó sentarse. Un par de lágrimas se le cayeron. Le pidió perdón a la piba diciéndole que lo tomó por sorpresa.
No entendíamos qué era lo que estaba pasando. 
No había forma de calmar al viejo, lloraba desconsolado, hasta que tomó un vaso de agua y de a poco se fue calmando.
El tipo le contó que cuando era chico, tuvo un amor muy fuerte con una señora que se apellidaba así y que hasta el día de hoy se arrepentía de haberla dejado ir. Le preguntó a María Emilia el nombre de su abuela, se llamaba Elsa. De nuevo, el viejo se descompensó y de a poco se incorporó. Se terminó el vaso de agua sin decir nada más y se fué. 
Yo no soy de creer en las coincidencias ni mucho menos en el destino, pero si el colectivo no lo hubiera dejado lejos del hospital, si su esposa no hubiese estado internada, si nunca hubiera entrado al bar, no habría historia que contar.



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