Entré a mi casa, cansada. Tuve que bajar cinco veces para abrirles a todos.
Cociné todo el día para gente que ni me interesa, como odio este día del año. Puse la picada en la mesa y nos sentamos. Se tambalea la mesa, tengo que arreglar las patas. Siempre me olvido de llamar al carpintero y tengo ese papel de mierda ahí hace dos semanas.
-¡Que rico que está todo Euge!- dijo la abuela.
-Gracias- le contesté.
No había pasado ni media hora que ya arrancaron los debates. Amor, trabajo, farándula, y, lo peor de todo, política. Como detesto que hablen de política. Sobre todo porque repiten lo que leen y escuchan en los medios.
-Ay Ricardo cállate. Si Macri es un millonario, no nos va a robar- dijo mi mamá.
Se tambaleó la mesa, otra vez. Se cayó un vaso al piso.
-Ay Eugenia perdón, ahora yo limpio, que desastre. Tenés que hacer arreglar esta mesa- mi mamá no entiende que esta no es su casa.
-¡Qué rico que está todo Euge!- dijo la abuela, otra vez.
-Ay Eugenia, un brasilero a tu edad ganaba su segundo mundial, María ya se había casado con un trillonario, el tío Alberto ya había formado una familia y vos de pedo llegás a fin de mes haciendo malabares en una oficina que se cae a pedazos, ¿qué pensás hacer?- dijo mi tía, esa tía odiosa que nadie quiere invitar.
Llegó el momento del plato principal. Costillitas de cerdo a la riojana.
-Le falta un poco de sal, pimienta y pimentón. Cinco meses viviendo sola y todavía no aprendiste nada querida- entre risas y comiendo se le podía ver todo en la boca a mi tía solterona, criticona, gorda. La odio.
Me fui para mi cuarto, me saqué la ropa, no quería mancharla.
-Era un chiste nada más, no te aguantás nada- me dice mi viejo desde el sillón, cuando le paso por al lado.
-¡Que rico que está todo Euge!- dijo la abuela, por enésima vez.
Fui para la cocina y empecé a tirar los platos al piso.
No soporto a esta gente, detesto tener que cumplir con lo pactado por todos. No veo la hora de que se vayan.
Agarré las botellas de vino y una por una fueron a parar a las cortinas de la cocina y el living.
Estaban todos helados. Mi viejo trató de frenarme y terminó en el piso. Le jugó en contra que haya sacado la altura de mi mamá.
Lo que ellos no saben es que pasan los años y te da más vena, porque ves cómo se te va la vida y seguís siendo la misma pelotuda de siempre. Las copas empiezan a caer, una por una.
-Eugenia por favor pará, ¡esas te las regalé yo y salieron fortuna!- mi vieja no para.
La sensación de resentimiento y bronca empezó hace dos días, cuando todos empezaron a mandarme mensajes preguntando, ¿Qué vas a hacer para tu cumple?¿Querés que te cocinemos?¿Querés que lo hagamos en casa? ¿Qué querés hacer?¿Qué vas a hacer? que ¿Qué voy a hacer? Si pudiera hacer lo que se me cante, seguramente me iría de viaje, alguna playa paradisíaca sin señal ni internet y volvería un mes más vieja.
Quise ser como el increíble Hulk porque de ser así, me estallaría la vena, me quedaría en bolas, en verde con mi super fuerza los haría volar a todos hasta la estratósfera.
Por suerte todo termina a las doce, al otro día ya vuelvo a ser la misma pelotuda de siempre. Más vieja, más cansada, más pelada, más gorda, con menos tiempo de vida, más idiota, más quemada pero por suerte, con menos cumpleaños que festejar.